Reto semanal: Brócoli

Brócoli

“¿Qué es eso verde que hay en el plato?” 

¿Quién no ha oído esa frase descolgándose de una boca infantil o la ha pronunciado en algún momento en su vida?

“Brócoli. Tienes que comértelo”

Ésa sentencia (de muerte) parental. Ésos florúnculos verdosos que nos miran desde el plato y se burlan de nosotros: “¿Realmente crees que puedes comerme?”

Cuando una piensa en el prototipo de comida que suele ser ampliamente rechazada por la población, piensa en el brócoli. Ahora está de temporada, pero disimuladamente giramos nuestros ojos hacia esas otras cosas que también están de temporada y que resultan mucho más apetecibles. Las fresas, por ejemplo. Pero esta semana, en lugar de girar los ojos hacia las fresas (por muy tentador que sea), traigo cinco recetas y una entrada informativa sobre el brócoli para que veáis alternativas deliciosas que incluyen esta menospreciada verdura.

Cuando yo era pequeña, mis padres luchaban tenazmente para que el brócoli no se quedara en el plato. Recuerdo que cuando lo tomaba normalmente era en una menestra, y la sola idea de la menestra me horrorizaba. Un cúmulo de verduras con salsa. El día que había menestra, automáticamente se me encogía el estómago. Al detestar la menestra, aprendí a detestar también muchas otras verduras: zanahorias, alcachofas, habas, guisantes, coles de Bruselas, y cómo no, el brócoli. El champiñón es el único que se libró de mi odio a pesar de estar incluido en la menestra, porque sabía que había otros platos en los que estaba rico (con aceite, perejil y ajo, la típica tapa de champiñón que siempre me ha gustado).

Con el tiempo, me he librado de muchos de esos prejuicios contra las verduras. Las zanahorias y los guisantes ahora los como con regularidad, e incluso me gustan. El caso del brócoli es el mismo, ahora lo como y me encanta, sobre todo después de haber comprobado la cantidad de posibilidades que ofrece (ya veréis esta semana, ya). Queridos madre y padre, si estáis leyendo esto, felicitaos. Vuestra hija por fin es un individuo integrado en la sociedad que come verduras como una persona normal. (Menos las habas. Y las alcachofas.)

Gran parte del problema que ofrece el brócoli se divide en dos aspectos: la textura y el color. Ninguna de las dos cosas es naturalmente agradable, especialmente a ojos y papilas gustativas infantiles. El brócoli es absolutamente verde. No hay ningún otro color. Y el verde, en ojos infantiles, está asociado con “esos desagradables alimentos que me fuerzan a comer”. El otro problema es la textura. En crudo, es un alimento duro. Y cocinado, especialmente en exceso, se convierte en una masa blandengue y viscosa que no gusta ni a pequeños ni a mayores. Pero de todo esto os hablaré el jueves (y os contaré algunos trucos).

Cuando me propuse llevar a cabo este reto, en seguida recurrí a San Google para que me iluminara hacia el camino de la verdad. Desgraciadamente, tras hacer un evaluación objetiva de la mayoría de las recetas (anglosajonas en su mayoría, lo reconozco), me di cuenta de que la tendencia imperante no es abrazar el brócoli, sino disfrazarlo. Son cosas distintas.

Disfrazarlo de muchas formas. Con sabor: cargándolo de queso por todas partes, especialmente quesos de sabores relativamente pronunciados, como el cheddar. Si bien es cierto que el cheddar es un queso inventado por ángeles (lo de los ingleses es sólo una coartada verosímil) que prueba la existencia de la bondad en el mundo, no lo es menos que utilizarlo para disfrazar otras cosas, sobre todo verduras, es jugar un poco sucio. Comprendo que cuando una está desesperada porque los vástagos (o la pareja, ojo) no le comen verdura, recurre a todo tipo de artimañas para nutrir al personal a pesar de sí mismos. Es eso, o abrirles tú misma la boca y volcar el contenido del plato dentro. También es muy frecuente que el brócoli acabe disfrazado a costa de usarlo para rellenar cosas, especialmente bollería salada en la que se ven de forma prominente otros componentes (como pollo o jamón), que suelen resultar más atractivos.

El problema de estos dos métodos es que en ningún momento estamos enseñando, ni a niños ni a adultos, a aceptar que el brócoli no es algo repulsivo, sino un alimento  beneficioso para nuestro organismo. Claro, supongo que sacarle a nuestra víctima nuestro ser querido las tablas nutritivas de la OMS y los estudios científicos no es lo más práctico cuando les hemos puesto un plato de brócoli delante. Una persona, independientemente de su edad, que tiene una creencia acérrima de que algo es malo o no le gusta no va a abandonar con facilidad esas creencias, hay que partir de esa idea. Ante esto, recomiendo paciencia e ir poco a poco. Poned un plato de brócoli en la mesa cuando os veais con tiempo y fuerzas para sostener una batalla (mi madre los ponía siempre en fin de semana, que era cuando estaban ambos progenitores en casa para “hacer búnker”)

Si bien he encontrado opciones interesantes, también es cierto que algunas las he acabado haciendo yo misma, a costa de un poco de ensayo y error (afortunadamente, mucho ensayo y poco error). He intentado que no se disfrace demasiado el sabor y la textura del brócoli, pero a la vez, que tampoco “invada” el plato. En la mayoría de los casos, es posible percibir las notas vegetales sin que éstas lleguen a saturar. Aquí deberíais juzgar vosotras y vosotros mismos qué plato es adecuado para qué situación. Habrá un poco de todo.

Y ya me he extendido suficiente. Ya sabéis: esta semana hablamos de brócoli. Si alguien tiene ideas, dudas, sugerencias, experiencias de amor-odio con brócoli, no olvidéis que podéis hacérmelas llegar a través de este formulario. Si me encuentro alguna historieta interesante quizá la ponga por aquí ;)

4 comments

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  2. Las 5 estrellas de Marzo | A buen hambre

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